La foto que ilustra este material en una sola escena muestra la inmensa alegría que desató la selección paraguaya tras eliminar a Alemania en el Mundial 2026, versus la realidad de todos los días. Por un lado, el ciudadano con su bandera y los bocinazos por la euforia del momento; por el otro, un niño nativo, con otro más pequeño en el brazo, pidiendo algo que comer. Esto es de todos los días. Es la muestra de la desidia de los organismos, más allá de los colores, quienes deberían estar cuidando de estos chicos, hacer patria, como lo hicieron los jugadores. Dejar todo por dar una alegría o una sonrisa.
El pitazo final desata la locura. Las gargantas estallan en un solo grito que estremece a todo el país y la alegría se expande por toda la República y en particular por todo el Alto Paraná. Paraguay le ha ganado a Alemania. En las pantallas, los abrazos se multiplican, las lágrimas de emoción corren por las mejillas de miles de fanáticos y las bocinas empiezan a orquestar el carnaval de la victoria. Es la albirroja en su máxima expresión: garra, orgullo, un bálsamo de alegría para un pueblo sediento de triunfos.
Pero si uno baja la mirada de las pantallas y enfoca el asfalto frío de las avenidas en pleno festejo, la escena se quiebra en dos.
A pocos metros de una marea de camisetas albirrojas y saltos eufóricos, una pequeña mano se extiende en silencio. Es un niño nativo, de no más de 10 años, con los pies descalzos y la mirada cansada, ajeno por completo al marcador del partido.
Para él, la verdadera batalla no dura 90 minutos; dura las 24 horas del día. Mientras a su alrededor se derrochan millones en cerveza, cotillón y pirotecnia para celebrar una conquista deportiva, él solo busca fijamente el objetivo que define su jornada: un pedazo de pan.
Esa es la postal de nuestras contradicciones. La euforia y la miseria conviven en el mismo metro cuadrado, separadas por un abismo de indiferencia.
Lo más doloroso de esta fotografía urbana no es su crudeza, sino su normalidad. La presencia de la niñez indígena mendigando en los semáforos del este ya no sorprende a nadie; se ha convertido en parte del paisaje cotidiano, un «decorado» incómodo que los conductores esquivan subiendo la ventanilla del auto.
Detrás de este paisaje de vulnerabilidad hay nombres, apellidos y una larga lista de siglas responsables. Hay una desidia institucional que ya roza la complicidad criminal. ¿Dónde están la CODENI, la Municipalidad, el Ministerio de la Niñez y Adolescencia y la Gobernación de Alto Paraná?
Sus oficinas, convenientemente climatizadas, parecen quedar muy lejos de las esquinas donde estos niños arriesgan la vida entre el tráfico.
¿Y el Instituto Paraguayo del Indígena (INDI)? Una entidad que debiera ser el escudo de estas comunidades, pero que históricamente ha respondido con burocracia, parches temporales y un abandono estructural que empuja a las familias originarias a la mendicidad urbana tras ser expulsadas de sus tierras ancestrales.
Hoy se celebra. Las tapas de los diarios hablaron de la hazaña, del planteamiento táctico y del orgullo de ser paraguayos. Pero cuando las luces del estadio se apaguen y las banderas se guarden, en las calles de Ciudad del Este quedará la misma realidad de todos los días.
Los verdaderos dueños de esta tierra seguirán allí, invisibles ante los ojos del Estado, esperando que alguna vez la sociedad paraguaya juegue con la misma garra el partido más importante de todos: el de la dignidad y la justicia social para sus niños.










